sábado, 19 de abril de 2008

ELLA ESTA HECHA DE SOL

Me la encontré una tarde por ahí, por la calle, una tarde aceituna y abierta, en que las nubes pasaban por el cielo como vacas lentas. Ella había sido mía desde siempre, aunque ninguno de los dos nos hubieramos tocado, y nuestra única conversación, la de esa tarde, (tarde aceituna), halla sido como un encuentro de dos hormigas que se chocan y conversan en agitado movimiento.
Ella venía como un haz de luz, con su piel de sol, su sonrisa luminosa, a veces, y a veces hecha de temblor indeciso. Yo fui a ella por una de aquellas callejuelas de gris claridad. Nos paramos uno frente al otro, ella frente a mí, y nos saludamos sin saludarnos. Salud por haberla encontrado, niña del sol, hecha de horizonte, y poder tener su olor en mí como una insignia. Su olor que es como una carcajada suave; olor cóncavo, profundo. Su risa de repetición la llevo en mí, bella, bella, bella, ja ja ja, como una ráfaga de palomas.
Después de saludarnos subimos a ese monte que llega casi al cielo. Un ventarrón le arrebataba el pelo, como si fuese una bandera de hilos de oro. Llevaba, ja, cómo olvidarlo, al hombro una guitarra en su estuche, una guitarra tan grande como ella misma. Llegamos a la cumbre y nos pusimos a mirar el todo. ¡Que vista! ¡Que inmensidad el mundo a su lado! Las nubes lejanas en ese cielo inmenso, ese que nos pertenece, que es patrimonio de la mirada. Conversamos sumidos en un torbellino de desencuentros deliciosos. Y de pronto vimos que el sol se acercaba, y se acercaba cada vez más. Y el sol se fue haciendo mas grande pero no quemaba si no que era como un inmenso espejo puesto en el cielo. Y ella alzó la mirada y su cara se reflejó en el sol. Sus ojos de niña, qué panderetas tiernas. En el cielo, el sol como un espejo la reflejaba y yo miraba cada espacio de su cuerpo, cada matiz de su pelo, cada puchero en su boca. Cada curva de su cara. Cada advenimiento de un sentimiento, cada acudir la risa. La miré toda en el sol. La miré tanto que se me insoló el alma.
El sol se fue y su rostro quedó conmigo.
Bajamos la pendiente de la cima más alta, rodeados de una calma elemental. Y ella siempre su guitarra al hombro. Su guitarra, más grande que ella.
Lo más bello fue al llegar al río, cuando empezaba a mezclarse la noche en el día. Vimos muchos peces de plata y cristal, cantando cantando, con sus cabezas afuera del agua y el resto del cuerpo hundido. Ella me miró en silencio, como mira una flor. Estábamos parados en el puente, fijos como dos llamaradas. Me dijo que no la besara. Luego sacó su guitarra y su voz fue una dulzaina. Nos quedamos muchos siglos en el puente mirando el río pasar bajo nosotros, hasta que llegó la noche, una noche que se nos congeló en los párpados. Y la respiré mientras los peces cantaban.
Al despedirse, finalmente, de mí, se montó en su guitarra como si fuera una barca, y se fue navegando río abajo, y se alejaba, alejaba, montada en su guitarra, navegaba navegaba, mientras un eclipse ardiente nacía de su pelo.